jueves, 18 de septiembre de 2008

HIC ABSUNT DRACONES


Martín cumple hoy tres meses y es tan hermoso como una página en blanco a la luz de la mañana. Todo en él es blanco, como la leche, como una forma de amor luminosa o como las regiones inexploradas, en los mapas renacentistas donde ya no había dragones. Mi niño: mirándote el Tiempo se convierte en un fluido dulce en el que apetece internarse. No es poca magia.

lunes, 15 de septiembre de 2008

EL LUNES SIN D.F.W.


Entré en el alucinante mundo de David Foster Wallace gracias a la recomendación de Diego Sánchez Aguilar: La niña del pelo raro me pareció un pasillo lleno de puertas abiertas a paisajes marcianos, o a paisajes terrestres desconocidos, o también a paisajes conocidos, pero desde perspectivas totalmente nuevas. Siguieron muchos otros volúmenes, hasta Hablemos de langostas, que me hizo pensar en un viaje de retorno a lo humano desde las fiestas artificiales del posmodernismo (pero sin renunciar a la alegría, ni a la imaginación, ni al despilfarro de recursos). Digamos que me he gastado mucha pasta por su culpa en Mondadori, y que tenía la innegociable intención de seguir gastándomela muchos años más, porque casi nada en su maravillosa literatura hacía pensar en esto que pasó el viernes, el gran portazo cerrando todas esas vías de entrada a lugares que ya no nos será dado visitar, el empobrecimiento, sustancial y súbito, del universo, literario o no.

viernes, 12 de septiembre de 2008

TRABAJANDO CON TRABAJANDO CON EL VACÍO


Esto es para darles las gracias. Según Google Analytics, éste su blog ha roto últimamente tres barreras psicológicas: la de los 5.000 visitantes únicos absolutos, la de las 10.000 visitas y la de las 15.000 páginas vistas. No está nada mal para un proyecto tan modesto como éste. No habría ocurrido sin los amigos de I Love IU, y me temo que tampoco sin mi viejo artículo sobre la campaña publicitaria de Lise Charmel. A todos ustedes, otra vez, muchas gracias.

jueves, 11 de septiembre de 2008

SIEMPRE GANAMOS ALGUNOS

Hasta ahora, las sociedades de gestión de derechos han tenido la facultad de facturar a cualquier bar, discoteca, local de celebraciones, empresa de transportes (en realidad cualquier sitio público con una radio encendida) elevadas cuotas en concepto de derechos de autor. Sin importar si la música que suene en estos sitios sea nacional o extranjera, o sus derechos hayan caducado, o los autores estén vivos, muertos o viviendo en Nepal. De hecho, aunque los autores hayan renunciado a cobrar por sus derechos de autor (por ejemplo licenciando su música como Copyleft, y sepan que en este left hay mucha más izquierda de lo que algunos piensan), SGAE y compañía facturan y cobran, o demandan y cobran igualmente. Hay alguna sentencia excepcional que ha exonerado del pago a quien ha podido documentar profusamente que toda la música que ha sonado en su bar queda fuera del ámbito de competencias de nuestros amigos de la SGAE (siempre ganamos algunos etcétera). Y por ahí van los tiros del nuevo proyecto que he venido a comentarles.

La gente de AE Distro está desarrollando un nuevo certificado digital que acreditará a empresas de hostelería y medios de comunicación como usuarios exclusivos de música copyleft, manteniéndolas a salvo de las prácticas recaudatorias de las sociedades de gestión de derechos y creando así una plataforma única para estos creadores. Mientras actualmente es una tortura china producir música libre en este país, con la expansión de esta red se hará mucho más atractivo pasarse a las fórmulas de licencia abierta. Todo está por hacer, pero también es cierto que cuando se construye sobre principios justos, cada paso adelante es ya una victoria.

¿Para cuando algo así en las bibliotecas? Bueno, primero que llegue el Kindle y después ya veremos.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

EL GLOBO ALDEANO

Dice Carlos Pardo que piensa Umberto Eco que junto al proceso de globalización, económica y social, que mueve el mundo corre otro, paralelo e inseparable: la aldeanización. Incluso acuña un término para todo esto: el globo aldeano. Y se explica: en la Edad Media la población abandonó las ciudades de la antigüedad para refugiarse en sus aldeas y sus parroquias, con la consiguiente disolución de los valores democráticos de la polis y la función pública del ágora. En la actualidad, se da también una fuga literal de las ciudades (a favor de las urbanizaciones, por ejemplo) y la crisis del ágora. Desde el punto de vista social, impera lo fragmentario, lo insular. Y, por fin, florecen las aldeas de un solo habitante, aislado de su entorno inmediato y confrontado directamente con el mundo: la televisión ha creado un mundo esquizofrénico en el que entre el individuo y lo global no hay nada (Alain Touraine). Con ese paisaje mental, con esos procrastinadores y solipsistas construyen sus personajes los novelistas de la posmodernidad, como los empleados neuróticos de Coupland y Foster Wallace, o el Fernando Alfaro distópico de Nocilla Dream, de Fernández Mallo. La palinodia think global, act local queda segmentada, amputándose limpiamente la segunda parte.

¿Quiere esto decir que tenemos que dejar inmediatamente de navegar por internet y lanzarnos a la calle a pedir más jardines públicos? Claro que no. La güé (diseñada, recuerden, como medio abierto, rizomático y no mercantilizado de comunicación entre iguales) es una de las herramientas básicas de nuestra salvación, foro de debate y base de datos imposible de coartar. En muchos aspectos, cumple la función del ágora clásica. Por no hablar de las cantidades industriales de vídeos amateur.

lunes, 8 de septiembre de 2008

FABIENNE VERDIER / PASAJERA DEL SILENCIO

Vaya por delante que este libro engancha y mucho, que me lo he despachado en dos tardes y que no me arrepiento de habérmelo comprado. Ahora, la crítica:

Lo primero que llama la atención en Pasajera del silencio es, digámoslo de una forma suave, la ausencia total del lastre de la humildad. La narradora desgrana sus aventuras colocándose en un papel tan tópico como falso, y sin ningún tipo de ironía se presenta como la exploradora occidental capaz de penetrar hasta el corazón estético de China y aprehender sus obviamente inaprensibles secretos gracias a su alma pura y su paciencia infinita. Estos secretos son, cómo no, topoi zen en cascada, hasta tal punto que hacen pensar primero en David Carradine y luego en Uma Thurman. No es coña: el maestro de grabado con sellos le impone unos ejercicios repetitivos que terminan con sus dedos envueltos en tiritas, por ejemplo.

Lo segundo no es, tal vez, tan evidente. Uno de los muchos motivos de orgullo de Verdier consiste en haber accedido, gracias a muchas súplicas y mucha paciencia, a las enseñanzas de los grandes maestros calígrafos chinos. Éstos aparecen como portadores de una sabiduría milenaria y como fuentes inagotables de esas sentencias zen que podríamos encontrar en una de Tarantino. Pero es posible ir un paso más allá y verlos de otra forma, a través de referencias veladas. Sabemos que todos los maestros de la francesa han sido objeto de represión durante la Revolución Cultural, sabemos que han perdido sus puestos como enseñantes, que viven prácticamente en la indigencia; intuimos que ya nadie se acerca a ellos, que no tienen alumnos ni admiradores ni pueden exponer, que sus contemporáneos los consideran fósiles vivientes y se ríen de ellos. En medio de ese exilio en su propio país, se les acerca alguien aún más bajo, una extranjera estudiante de Bellas Artes, una paria total, y se dedica a dorarles la píldora, día tras día, mendigando educación. Y pican. Se entregan a la desconocida, pasan con ella sus días como si fuese el premio de consolación para el fracasado total. Al margen de lo que quiere Verdier que entendamos, esto es que estos maestros son las cumbres absolutas del arte chino, me han interesado mucho estos personajes tan ishigurianos, entendidos así.

Como consecuencia de todo lo anterior, la banalidad, que es precisamente lo que la autora dice aborrecer y lo que la hace salir de su Francia natal en busca del Absoluto, salpica todo el texto a la manera de cualquier bestseller de Grisham o Follett. En muchos sentidos, este libro es un bestseller a su manera, pero la autodeclarada búsqueda de la pureza que lo informa, junto con la extrema soberbia de la narradora (que no tiene empacho en compararse continuamente con los grandes impresionistas, por ejemplo), hace esta banalidad más molesta. Si estaban pensando en Pearl S. Buck, olvídense. Si logran abstraerse de todo lo anterior y se toman el libro como una novela de viajes, pasarán el rato.

viernes, 5 de septiembre de 2008

HIPOCONDRIA METAFÓRICA PLUS


Anoche, después de dar de cenar y acostar a mi niño Miguelito, se me ocurrió beberme dos tanques de tinto de verano marca Jarro Alegre (0,45€ la botella de dos litros en el Lidl). Lógicamente, tuve que sentarme. Mientras la nueva chica del tiempo de TVE efectuaba todo tipo de convulsiones epilépticas frente a la cámara, me dormí.

Al rato, me despertó mi mujer con un plato en la mano. Medio dormido todavía, vi que me había preparado uno de mis bocadillos favoritos, el de boquerones con tomate. Lo cogí aún sin abrir los ojos del todo: estaba hecho con un pan delicioso, compacto y con mucha miga, y los boquerones eran grandes y molludos, blancos como el papel. Todo, hasta el tomate, olía tremendamente bien, y además el vino me había provocado tanta hambre como sueño. En ese terreno fronterizo entre el sueño y la vigilia, el perfecto bocadillo dio en convertirse en una imagen: la de cuánto me quería Charo, que era capaz de prepararme semejante delicia, y a esa dulce y reconfortante metáfora me entregué todavía un par de minutos más.

Luego acabé de despertarme, y volvió de publicidad Cuéntame, que es una serie que no puedo soportar, y resultó que los boquerones tenían un horrible exceso de vinagre. Mientras comía se me iba llenando la boca y el estómago del ácido fluido, y al terminar me encontraba mal. Decidí acostarme. Me lavé los dientes a conciencia, y luego escupí. Quería liberarme del vinagre, recortar la metáfora del bocadillo para que no contaminara nada más, pero no es tan fácil. Las imágenes son poderosas, como Barcelona. He dormido fatal.

jueves, 4 de septiembre de 2008

ESPAÑOLIDADES

Me siento orgulloso de no ser nacionalista pero percibo que ese antinacionalismo es un fluido delicado, más o menos como si uno fuese un pez luchador de Borneo y el agua de su acuario tuviese que mantener un nivel de oxígeno muy determinado y la temperatura exacta en todo momento. Es decir, que hay que vigilarlo, controlarlo y protegerlo. La primera premisa consiste en que contra el nacionalismo se puede y se debe luchar, pero solo contra el propio, porque en el momento en que nos sumamos a cualquier cruzada contra el chauvinismo del vecino estamos alimentando simultáneamente el nuestro. La segunda premisa advierte contra la caricaturización como síntoma de que algo va mal. El nacionalismo nos caricaturiza y nos pervierte porque nos obliga a ser diferentes de los que no son como nosotros, en una especie de círculo vicioso en el que nuestra propia identidad entra en crisis, absorbida por esa quimera, la patria, sobre la que tal vez hemos delegado parte de lo que somos. La tercera, la más simple, dice que es absurdo crearse enemigos artificiales. De momento no tengo más premisas, pero intento aplicar éstas cuando proceden, como por ejemplo en la plaza de Colón, etcétera.


A pesar de todo lo anterior, al menos en dos ocasiones en mi vida me he sentido profundamente español, no ep-pañó sino español. La segunda se produjo en Manchester, a principios de 2003; me apunté a un curso de inglés para la enseñanza y seis de mis compañeros eran iraquíes. Como se pueden imaginar, el tema de conversación más común en los descansos era la guerra de Irak, y como también se pueden imaginar, en varias ocasiones mis colegas me preguntaron y a vosotros qué se os ha perdido en mi país para ir a invadirlo. Ah, qué sensación de hispanidad más inefable, aquélla.

La primera tuvo lugar a finales de 2000. Recién llegado a Sarajevo, una excursión a las colinas me sirvió para ver los muchos campos minados y para que un amigo bosnio me informara de dos cosas: que cada año en el país más de cien niños sufrían amputaciones a causa de minas antipersonales y bombas de racimo, y que más de la mitad de estos artefactos eran de fabricación española. Todo esto me ha venido a la cabeza porque he leído en lo de Vicente y Patxi el magnífico discurso que leyó Gervasio Sánchez en la entrega de premios Ortega y Gasset de este año. Tendrán que chascar el enlace si quieren ver la maravillosa foto que acompaña el texto.

Y por lo demás, bueno, supongo que con estas experiencias ya puedo definir la sensación de españolidad como esa situación en la que uno preferiría ser andorrano. Si me da otra vez, ya les contaré.

martes, 26 de agosto de 2008

DOLAN MOR / CONFESIONES

No sé si hago bien copiapegoteando de cualquier manera este poema de lo de Vicente y Patxi, pero igual ahí va. Es un poema que me habría gustado mucho haber escrito yo: me fascina ese baile por el filo de la prosa, esos períodos rescatados del borde por algo superior, un ritmo, el más misterioso de todos, el de la oralidad. Y suscribo gran parte de lo que se dice: yo también amo de Carver esa forma de sabia humildad que le aporta su humanidad, saberse (y celebrarlo) igual que cualquier otro, al margen de malditismos rarunos y elitismos culturetas. En fin, agárrense porque comienza un gran poema:


Al principio yo anhelaba ser el príncipe de la poesía, el rey

de las palabras, un ministro de los poemas con una medalla

sobre mi oscuro pecho, una corona de oro alumbrando

con su dorada luz mi noble cabeza. Después, bajé mis metas

y me propuse ser un licenciado, un doctor en gramática,

políglota, un James Joyce, usar barba, un abrigo negro

hasta los tobillos, las gafas circulares, la pipa entre los labios

recitando los versos de Charles Baudelaire. (Recuerdo

que tenía la foto de Vallejo debajo del cristal de mi mesa

de noche y, mirándola, apoyaba mi rostro y mis manos

cruzadas encima de un bastón con el puño de plata,

en forma de león, para creer un instante que mi nombre

era César. --Incluso estuve preso por parecerme a él.)

Me decía a mí mismo frases de Kierkegaard: “para el hombre

que aspire a triunfar en la vida existen dos caminos: ser César

o ser Nada”. Y yo lo repetía con la convicción de que era

(sólo faltaba tiempo) un dios o hijo de un dios. Sin embargo,

las cosas han cambiado y mi punto de vista se cayó en un

abismo. Ya no aspiro a ser príncipe, ni ministro, ni rey,

ni políglota un día, mucho menos deseo ser Joyce o Baudelaire

porque ambos están muertos, y un hombre, si está muerto,

vale menos que un perro. Ahora aspiro a las cosas sencillas

de la vida. (Me lo dijo Ray Carver y nunca lo entendí.) Miro

el agua de un río sin pensar qué es el agua, me acuesto

entre la hierba y disfruto del sol. Pienso, respiro, siento

cómo limpia el oxígeno mi sangre, mis pulmones, late

en mi corazón. Soy feliz con vivir sencillo, aspiro a eso:

Posado, como un pájaro, sólo quiero una rama para cantar

mis versos, también una ventana para mirar el mundo,

aunque no tenga un piso, ni un palacio, ni un templo. Un marco,

una ventana para asomar mis ojos, humilde, con asombro,

sabiendo que soy polvo, y, debajo del cielo, un animal o nada.

lunes, 25 de agosto de 2008

PUES QUÉ BIEN

Mañana, mi amor se presentará en el hospital de día del Morales Meseguer, verá a su médico y a continuación le conectarán una vía para introducirle un suero entero de venenos. Como no es la primera vez que pasa, ya sabemos qué podemos esperar. No nos gusta lo que podemos esperar: son dolores de huesos, cansancio, mareos, náuseas, subidas de fiebre. Caída (más) de cabello. Escozor de ojos. Alguno de estos síntomas durarán una o dos semanas. Otros continúan de sesión en sesión.

Al fin y al cabo es una terapia. Si funciona, eliminará o reducirá o pondrá dique a lo otro. Lo otro es, definiendo rápido, el terror. Tenemos esperanzas en el efecto de esta terapia, pero sigue consistiendo en un cóctel de venenos. Y sigue sin gustarnos lo que podemos esperar.

¿Qué puedo oponer a esto? ¿Qué clase de antídoto puedo proponer? ¿Un precioso poema de amor? ¿Te quiero? Sí, te quiero, ya. Vale. Te quiero. Pues qué bien.