HIPOCONDRIA METAFÓRICA PLUS

Anoche, después de dar de cenar y acostar a mi niño Miguelito, se me ocurrió beberme dos tanques de tinto de verano marca Jarro Alegre (0,45€ la botella de dos litros en el Lidl). Lógicamente, tuve que sentarme. Mientras la nueva chica del tiempo de TVE efectuaba todo tipo de convulsiones epilépticas frente a la cámara, me dormí.
Al rato, me despertó mi mujer con un plato en la mano. Medio dormido todavía, vi que me había preparado uno de mis bocadillos favoritos, el de boquerones con tomate. Lo cogí aún sin abrir los ojos del todo: estaba hecho con un pan delicioso, compacto y con mucha miga, y los boquerones eran grandes y molludos, blancos como el papel. Todo, hasta el tomate, olía tremendamente bien, y además el vino me había provocado tanta hambre como sueño. En ese terreno fronterizo entre el sueño y la vigilia, el perfecto bocadillo dio en convertirse en una imagen: la de cuánto me quería Charo, que era capaz de prepararme semejante delicia, y a esa dulce y reconfortante metáfora me entregué todavía un par de minutos más.
Luego acabé de despertarme, y volvió de publicidad Cuéntame, que es una serie que no puedo soportar, y resultó que los boquerones tenían un horrible exceso de vinagre. Mientras comía se me iba llenando la boca y el estómago del ácido fluido, y al terminar me encontraba mal. Decidí acostarme. Me lavé los dientes a conciencia, y luego escupí. Quería liberarme del vinagre, recortar la metáfora del bocadillo para que no contaminara nada más, pero no es tan fácil. Las imágenes son poderosas, como Barcelona. He dormido fatal.










