ESPAÑOLIDADES
Me siento orgulloso de no ser nacionalista pero percibo que ese antinacionalismo es un fluido delicado, más o menos como si uno fuese un pez luchador de Borneo y el agua de su acuario tuviese que mantener un nivel de oxígeno muy determinado y la temperatura exacta en todo momento. Es decir, que hay que vigilarlo, controlarlo y protegerlo. La primera premisa consiste en que contra el nacionalismo se puede y se debe luchar, pero solo contra el propio, porque en el momento en que nos sumamos a cualquier cruzada contra el chauvinismo del vecino estamos alimentando simultáneamente el nuestro. La segunda premisa advierte contra la caricaturización como síntoma de que algo va mal. El nacionalismo nos caricaturiza y nos pervierte porque nos obliga a ser diferentes de los que no son como nosotros, en una especie de círculo vicioso en el que nuestra propia identidad entra en crisis, absorbida por esa quimera, la patria, sobre la que tal vez hemos delegado parte de lo que somos. La tercera, la más simple, dice que es absurdo crearse enemigos artificiales. De momento no tengo más premisas, pero intento aplicar éstas cuando proceden, como por ejemplo en la plaza de Colón, etcétera.












