A quien tienes que leer, dice Diego, a éste sí,
es a Cormac McCarthy. Cormac McCarthy, me digo,
Cormac McCarthy, que no se me olvide, y pido
otro tercio de cerveza, y sigo disfrutando
del pequeño conventículo: están Diego y María Luisa,
y Juande, y José Alcaraz, y un tal Fernando Garcín,
y Natalia Carbajosa, y hasta Gustavo Martín Garzo,
en Cartagena, y se habla de libros, y estoy contento.
Un par de días más tarde me quedo pensando,
¿Carson McCullers? ¿Era Carson McCullers, a quien dijo
Diego que leyera? No, no era ésta, a ver, sí,
era Cormac McCarthy, Cormac McCarthy,
que no se me olvide, y el libro, me parece,
La oscuridad exterior, sí, eso, la oscuridad,
La oscuridad exterior, y salgo por la puerta.
Más tarde, ese mismo día, el pobre Cormac
se convierte otra vez. En Robertson Davies,
ni más ni menos. Esta vez tardo más,
y gracias a que recuerdo
a Carson McCullers, y que esa mañana
ya había confundido con él al otro,
al bueno, a Cormac McCarthy, a Cormac McCarthy
y su La oscuridad exterior.
Anoche decido construir con eso un poema. Al mismo tiempo
mi plan de ir inmediatamente a la librería,
a por La oscuridad exterior,
se desvanece. Pongo todo aquí,
en negro sobre blanco. Sin embargo,
al mismo tiempo veo otras versiones,
del poema, que no incluyen
ni a Cormac McCarthy, ni a Diego, ni mucho menos
a Gustavo Martín Garzo. En ninguna de las versiones
leo esa novela hasta dentro de muchos meses.
En todas (excepto en ésta), olvido el nombre para siempre.