POESÍA CONFESIONAL
Tengo treinta y dos años, una carrera que no me sirve de nada, un trabajo remunerado con poco más de mil euros al mes y en el que caliento una silla con el culo durante diez horas al día, procurando al mismo tiempo que no decaiga cierto flujo de papeles que vienen de la nada y se dirigen otra vez a la nada.
Tengo miopía, caries, un principio de alopecia, dolores de cabeza provocados por la pantalla del ordenador y cansancio crónico. No estoy en absoluto en forma. No hago ejercicio de ninguna clase.
Cuando no estoy en el trabajo suelo estar: a/durmiendo b/ atascado en la autovía hacia o desde el trabajo c/ en el puto, puto Mercadona.
Tengo una hipoteca.
Escribo poemas que suelen aparecer mientras estoy en un jardín del extrarradio aparentemente diseñado para el horror estético y la opresión emocional. Al que suelo ir para que mis dos perros hagan sus cosas.
Por las noches suele despertarme mi niño, que llora de hambre o de miedo. Estos problemas se solucionan pronto, pero a mí me provocan falta de sueño. Siempre tengo sueño.
En abstracto, soy bastante feliz: tengo a mi hijo y a mi mujer a mi lado.
Cuando toca, voy a votar, según lo que me dicta mi conciencia. También trato de convencer a quien tenga al lado de lo que sea que me dicte mi conciencia, pero sin éxito.
Mis muebles son de Ikea y mi ropa de Zara o derivados, empresas que por otra parte odio con toda mi alma. Paso mucho tiempo rumiando mentalmente ésa y otras contradicciones entre lo que pienso y lo que hago.
Adoro internet y creo que supone una de las herramientas de nuestra salvación.
Escucho la música que produce mi época y leo los libros que ídem.
He vuelto a fumar tras cuatro años de abstinencia, cosa que me deprime bastante.
Hay dos movimientos simétricos y opuestos que modelan en buena medida nuestra identidad: la pulsión de individuación, por un lado, que nos promete ser únicos y especiales si le hacemos caso, y el sense of belonging, el sentido de pertenencia, la desindividuación. He escrito todo lo anterior para subirme a éste último. También como miembro de un grupo es posible hacer que cambien las cosas: sólo es necesario cumplir con la parte de uno. Lo que se consiga, durará.










