DANIEL CLOWES: EIGHTBALL

Háganse un favor. Repito: háganse un favor.
Algún aprendiz de imbécil se está dedicando a poner comentarios con mi nombre (y enlace a este blog) por la edición digital murciana del 20 Minutos. Personalmente considero un halago que alguien que odie de esa manera a Antonio Campillo, Izquierda Unida y la nueva Ley de Género la tome también contra mí, porque eso significa que ando en el buen camino, pero en fin, también entiendo que sobran trolls en el ciberespacio y en breve los comentarios de este pendejo serán eliminados. Hasta entonces, ¡esto marcha, señores, tengo un troll!
A las 15:01 0 comentarios
He pensado que igual estaría bien rebajar periódicamente el estratosférico nivel intelectual de este blog, y me he dicho ¿cuándo?, y me he respondido los viernes, y me he preguntado ¿y qué contenidos piensas utilizar?, y he resuelto pues vídeos de Yotuve, que son bastante amanosos. Con ustedes, las actas fundacionales del vocablo spam, por El Circo Ambulante de los Monty Python. A ver si hay huevos a no reírse:
(Vía Espoiler)
A las 12:19 1 comentarios
¡Ups! Parece que al fin y al cabo no nos sobraban veintidós millones de euros para hacer un tranvía gratuito que no va a ninguna parte. ¡Mala suerte!
A las 14:09 3 comentarios
Tanto rollo con el aniversario de Blade Runner (pero coño, ¿no habían vendido ya la edición especial del director en dvd como ochocientas veces?) y el pobre Philip K. Dick, que se murió también hace 25 años, está pasando medio de tapadillo. Maravillosa retrospectiva paliativa la que le hacen en La tormenta en un vaso, oigan.
A las 11:54 0 comentarios
Eso que llaman por ahí sinestesia no es tan difícil de explicar si trata uno de imaginar que es un guiri que oye por primera vez la palabra bollo (mi favorita de este idioma). Oigamos bollo por primera vez: pensemos inevitablemente en algo redondo, blandito y dulce, deseable, y efímero. Y en eso consiste la sinestesia: un estímulo dado se salta el canal en que está siendo percibido y contamina otros, provocando extraños efectos colaterales. Como el famoso soneto, sí.
Yo por ejemplo cuando escucho esta canción:
no puedo evitar ver a mi mujer. Las manos de que hablan los Raconteurs son las de Charo, benditas sean.
Claro que eso ya no es ningún fenómeno sinestésico, sino amor, y la mucha carretera que ya llevamos rodada a nuestras espaldas, ¿verdad?
A las 14:34 0 comentarios

La atmósfera desquiciada de las canciones de Blonde Redhead. La insólita fuerza que las mantiene unidas. Los paisajes inimaginables en las ventanas de la familia más rara de la música pop. Los cuerpos extraños, las rocas marcianas de ese alucinante paisaje emocional. Y la voz de Kazu Makino:
A las 13:33 0 comentarios
Si quieren alucinar con la forma en que la colección de tópicos más boba del universo puede campear por la contraportada de la edición dominical de El País, chasquen aquí. Puro Manuel Vicent en estado de desgracia. Al loro: "los más descerebrados se revuelcan cada sábado en el albañal del botellón", "aunque en el colegio les explicaron cómo se usa el preservativo, a la mayoría no les da tiempo de ponérselo", "No les interesa la política, les suena vagamente el nombre de un tal Felipe González, no leen periódicos", etc. etc. Está hablando de Los jóvenes, así en general. Animalico.
A las 10:21 2 comentarios
Al fin y al cabo es viernes, así que vamos a dedicarnos a solazarnos en el inmarcesible friquismo que congrega la Red. Imposible reírse más en sólo cinco segundos de metraje:
Y luego está la versión Kill Bill, que también tiene su aquél:
Cojones, qué mirada, qué intensidad. A ver si aprende Eduardo Noriega.
A las 11:35 1 comentarios

Cuando uno no puede distinguir la huella que le han dejado en la memoria las novelas, por un lado, y la poesía, por otro, de un autor, debe de ser que se encuentra ante uno de los grandes. Es solo un síntoma, de acuerdo, pero de una enfermedad rarísima: la voz propia. Estoy pensando en la de Goethe, por ejemplo, o en la de Roberto Bolaño. O en la que toca hoy, señoras y señores: la de Charles Bukowski.
Soy de los que piensan que el viejo Hank tuvo entre las manos una de las últimas grandes revoluciones estéticas del siglo XX, paralela a la de Nicanor Parra en nuestro ámbito, y que después de su paso de elefante por la cristalería de la poesía anglosajona, quedaron pocos territorios por descubrir en ella. Pero su mayor mérito está, me parece, en la perfecta (no la primera) plasmación literaria del mundo de los cantos rodados (en definición de Dylan) norteamericanos: la miseria y el desarraigo extremos de la posguerra, hablando de sí mismos con los suficientes odio, autocomplacencia, ironía y esperanza como para resultar creíbles. Hasta tal punto asociamos con Bukowski a esta gente que muchas veces llamamos bukowskianos a sus modestos santuarios: cuartos de pensiones baratas, taquillas de la Greyhound, vagones de mercancías con gente escondida dentro. Aunque el propio Bukowski viviera toda su vida en Los Ángeles.
Este grupo social, tan típicamente U.S.A., ha motivado al menos tres grandes películas con mucho en común: París, Texas, de Wim Wenders, Mi Idaho privado, de Gus van Sant, y Brokeback Mountain, de Ang Lee. Los apellidos de los directores son claramente exógenos (dos de ellos no son norteamericanos), y los títulos están construidos con topónimos: en las tres cintas, esos lugares son el lógico objeto de deseo, la patria emocional de sus protagonistas, el anhelo de una vida mejor que la rodante. Para apreciar en lo que vale la genialidad retrospectiva de Bukowski, nótese cómo sus personajes han superado la tentación de ese fanal terreno y se encaminan directamente hacia el vacío. Por volver un poco a Bolaño, de quien hablábamos al principio de esta entrada.
A las 8:33 0 comentarios